jueves, 14 de mayo de 2026

No vale la pena ir al Azteca a los partidos del mundial

 

Sé que para los fanáticos, tirar su dinero en un boleto cualquiera no está a discusión, para ellos no es este texto. Es para ti que sientes un cosquilleo curioso por asistir a un partido del mundial por la sencilla razón de que nunca has asistido a uno. Te lo digo ya: no vale ni tu tiempo, mucho menos tu dinero.


El sábado 31 de mayo de 1986 a mediodía mi padre me llevó al Estadio Azteca con motivo de la inauguración del Mundial México 86.  Tengo pésima memoria y no recuerdo ni el día ni la hora, ni que jugaron Italia y Bulgaria. Son datos que busqué en Internet. Sólo recuerdo la rechifla que se llevó Miguel de la Madrid y que a pesar de estar en platea a la mitad del campo, poco pude ver del partido. Quizá mis 14 años o mi miopía no me permitían apreciar la importancia del evento, quizá el futbol, aunque me gusta, no captura mi atención por 90 minutos. Quizá simplemente no jugaban los Pumas. Porque  sí recuerdo recorrer a pie el trayecto, de 9 kilómetros desde el estadio Olímpico Universitario hasta mi casa, gritando goyas acompañado de mi padre y mi hermana después del gol del Tuca Ferretti, el 22 de junio de 1991. También recuerdo la final contra Chivas en el mismo Estadio Olímpico el 13 de junio de 2004 en que Pumas fue campeón. Obvio, tampoco recuerdo estas fechas, pero las busqué. Además ese no es el punto. Mucha gente está buscando boletos para los insignificantes partidos del Mundial que se jugarán en México en 2026 y a ellos me dirijo para aconsejarles que no los compren, salvo que la compra sea para negocio. Es decir, lo que quiero hacerles pensar es que no vale la pena la inversión en un partido de esos. Me explico. Ni siquiera me voy a meter con los precios en los estadios o el trámite que implicará entrar y salir. Simplemente quiero hacerles pensar en la experiencia que vivirán si pueden pagar y conseguir el boleto. Yo estuve en la citada inauguración y en el partido entre Argentina e Inglaterra el domingo 22 de junio de 1986 y lo digo con certeza, ir al estadio no valió la pena. Los goles de Maradona tuve que verlos y disfrutarlos por televisión. Los de Italia y Bulgaria (1-1) ni los recuerdo. 


La gente no sabe comportarse en un estadio, pasan vendedores todo el tiempo, la gente se levanta de su asiento para ir al baño, para estirarse, para sacudirse el aburrimiento, para comprar botanas, porque el de adelante se levantó y no le permite ver, por emoción injustificada, para mentarle la madre al árbitro, por joder, para pelear, etc. Ir al estadio Azteca es impresionante por el tamaño del estadio y por el rugido de la gente, pero no hace falta pagar por un partido del mundial. 


Por ejemplo, mi amigo Rafael, hincha del Cruz Azul, me llevó a la final contra Necaxa el domingo 4 de junio de 1995. Ni siquiera pudimos llegar a los asuntos que él había comprado y nos quedamos donde pudimos. El rugido de la gente y la vibración del estadio bajo mis pies era tan intensa que sentí miedo y para colmo perdió Cruz Azul. Yo tuve pesadillas ese día porque el estadio es gigantesco y cualquier imprevisto puede provocar que el público corra y aplaste a los más pequeños, débiles o poco atentos. Además cuando estás tan alto, las palomas se ven mucho más grandes que los jugadores y los jugadores son más pequeños que las hormigas. El futbol parece una gráfica y se aprecia distinto, incluso mejor, pero la tensión de estar a merced de la multitud no lo hace disfrutable. 

De todas la veces que he asistido al Estadio Azteca, siempre por invitación porque me rehuso a pagar un boleto, las únicas en que tuve gratas experiencias fueron en palco. Me refiero al palco de la extinta Banca Serfin al que tenía acceso por un capricho del destino. Eduardo nos invitaba y yo acudía al palco para beber y botanear, con las cortinas cerradas, escuchando el partido por televisión, mientras jugábamos dominó, cartas o simplemente platicábamos. Los partidos del Necaxa nos servían de pretexto para ir allí y pasar un buen rato sin ver el partido. No recuerdo un sólo marcador. Sólo un día, vencido por la curiosidad, me atreví a abrir la puerta y estar dos minutos de pie en las escaleras observando el estadio casi vacío, hasta que Eduardo me gritó que me metiera porque nadie debía vernos.

Alguna vez mi cuñada y su novio nos hicieron asistir a un partido amistoso de la selección nacional y pocas cosas recuerdo más decepcionantes que esa experiencia. Estacionar el coche en casa de un vecino del Estadio y perder mucho tiempo en entrar y salir, creo que además ese día llovió y México hizo el ridículo contra un equipo chiquitito pero no lo puedo asegurar porque no recuerdo al rival. 

En fin, lo único que intento al exhibir mis experiencias es hacerles pensar que sus expectativas de momentos memorables y gratos que inundarán de felicidad su alma son absolutamente infundadas. Además la FIFA  es tan grosera que el boleto más barato es inaccesible para el mexicano promedio. Pero bajo advertencia no hay engaño, esos partidos no valdrán ni el diez por ciento del precio pagado. Si no tienes palco y vas a sacrificarte viéndolos, será mejor hacerlo desde la comodidad de tu sillón favorito.



Rebaño