domingo, 31 de mayo de 2026
sábado, 30 de mayo de 2026
Ida y vuelta a la Basílica
El jueves 21 de mayo (de 2026) hice un recorrido por la Ciudad de México, de sur al norte y de regreso, acompañado de Tito Estévez, utilizando distintos tipos de transporte colectivo con la tarjeta de movilidad para visitar la Basílica de Guadalupe. Obviamente no fue la ruta más eficiente pero me permitió comparar las opciones. Enumero los transportes para después hacer la reseña del viaje.
1) RTP (autobús) sobre Miramontes para llegar a la Terminal Taxqueña
2) Línea 2 del metro de Tasqueña hasta Bellas Artes
3) Trolebús sobre Eje Central hasta el Centro Cultural Tlatelolco
4) Metro bus de doble nivel en Reforma que toma Calzada de los Misterios
5) Línea 6 del metro en La Villa Basílica a Deportivo 18 de marzo.
6) Línea 3 de Indios Verdes hasta Zapata de la línea 12
7) Línea 12 de Zapata a Ermita
8) Línea 2 de Ermita a Tasqueña
9) RTP sobre Miramontes
Taxqueña (con "x"): Es la forma correcta y oficial para nombrar el origen, la Calzada, la avenida y la zona.
Tasqueña (con "s"): Es la ortografía oficial que adoptó el Sistema de Transporte Colectivo para el nombre de la estación del Metro, el Tren Ligero y el Trolebús
El recorrido comenzó a las diez y cuarto subiendo al autobús RTP sobre Miramontes para llegar a la terminal del Metro Tasqueña. El autobús no tardó en llegar pero la cantidad de semáforos obligó a que el avance fuera lento. Si bien el trayecto es corto, menor a 3 kilometros, el vehículo iba lleno y el calor humano se hacía sentir. Tomar el autobús no significó un gran ahorro de tiempo, supongo que nos ahorro el 50% del tiempo que significaría haber caminado y en bicicleta, no tengo dudas, el trayecto hubiera sido mucho más rápido. Estuvimos de pie todo el recorrido y no tuvimos que pelear para llegar a la puerta trasera y descender del autobús porque el final de la ruta fue el Metro Tasqueña. Califico a ese RTP con 6, apenas aceptable.
Al llegar a la terminal, una caminata breve pero ya entre obras de remodelación, polvo y trabajadores. Solamente funcionaba la mitad del andén, el resto está en obra, así que al subir al vagón la gente se desplazó corriendo por el interior hacia los vagones vacíos. Ese flujo de personas generó conflicto entre los usuarios con prisa que deseaban obtener un asiento y los que de manera inexplicable deseaban bloquear el paso con bultos de mercancía en el centro del vagón. No había tantos usuarios durante las primeras estaciones así que conseguimos sentarnos. Mientras más se acerca el tren al centro de la ciudad más gente sube y la gente olvida lo que significa el espacio personal. Estando sentado, mi mirada queda a la altura de los genitales de la gente de pie y eso resulta muy incómodo. Más cuando unos jeans ajustados se esforzaban por contener el pubis de una mujer que se balanceaba retadora a pesar de corta estatura. Si hubiera cedido mi asiento, ella quedaba obligada a mirar mi pubis, tampoco me pareció cómodo. Mejor miré hacia los lados. Tito cedió su asiento a una señora pero después lo recuperó. Los trenes viejos, pero funcionales. En las estaciones con conexión a otras líneas la convivencia se hace difícil. A pesar de la multitud o quizá debido a la saturación de las líneas los vendedores eran escasos. Recuerdo un tiempo en que en cada estación subía un nuevo pregón. Pero ahora escuche a 3 en todo nuestro paseo por 4 líneas del metro. Al llegar a Bellas Artes, las obras son evidentes, la oscuridad se combina con polvo y se adereza con el ruido de taladros neumáticos y mazos. Partes de la estación, incluidas las escaleras se encontraban reducidas por las obras y la parte utilizable estaba sin piso, luces o acabados. La línea 2 merece un 7 por los vagones, pero sus estaciones están reprobadas.
Salimos y caminamos hasta el Sanborn’s de los Azulejos. Tito desayunó unos molletes de milanesa y yo, unos huevos divorciados. El comedor central estaba lleno y con fila de espera pero el ala trasera es muy amplia y aunque no es tan guapa como el área central, desayunar allí fue un pequeño oasis. Cabe señalar que los baños brindan servicio comunitario y para la cantidad de gente que los utiliza se mantienen en relativo buen estado.
Después del desayuno una caminata por las calles del Centro Histórico para que Tito se comprara un jersey retro del Atlante en un local en Venustiano Carranza y preguntar en algunos puestos de revistas por una revista de rock que nadie tuvo. Volvimos al Eje Central para abordar un trolebús al que alcanzamos corriendo. El trole nuevo pero lleno, trayecto de pie, mucho calor pero poca fricción social, llegó rápido hasta el Centro Cultural Tlatelolco. El trole muy bien un 8.
Allí descendimos para caminar sobre Flores Magón hasta Reforma. Parada en el Triple B por algo para beber. Ya en Reforma tomamos un metro bus de doble nivel que no tardó en llegar. Subimos al segundo piso del autobús y un par de estaciones después nos pasamos al asiento de hasta adelante. Muy turístico ver la ciudad desde lo alto. Calzada de Misterios es interesante. Hay enormes construcciones medio maltratadas del Viacrusis y otras estructuras cuya función desconozco pero parecen reliquias de la antigua ciudad. Bajamos a una cuadra de la Basílica. El metro bus estaba nuevo, no iba lleno y el recorrido fue interesante, salvo por el nudo en circuito interior, todo fue perfecto. 10 al Metrobus.
Recorrido a pie por la antigua Basílica, toda una experiencia ya que la construcción está inclinada y el piso es todo menos plano. Al salir de ella estuve mareado por medio minuto. Entramos la nueva Basílica, escala en la Divina Providencia y avanzamos hasta la banda mecánica que mueve fieles e infieles. Salir y visitar la Parroquia de Santa Maria de Guadalupe, allí se encuentra el niño de la Salud, y la Antigua Parroquia de Indios en que hay una escultura muy lograda de la Virgen.
El regreso fue en el metro, subimos en la Estación La Villa - Basílica de la línea 6, un poco descuidada y oscura, le falta mantenimiento, pero fue una sola estación hasta deportivo 18 de marzo. Las instalaciones parecen haber sido víctimas de Chernobyl y que jamás tuvieron limpieza. Un 7 porque a pesar de ser feas funciona bien.
Allí transbordamos a la Linea 3, equivocamos la dirección de modo que llegamos a Indios Verdes, parece que la ultima limpieza que recibió la terminal fue hace seis meses. El transbordo fue fastidioso pero no tanto, creo que había obras pero ya no estoy seguro. Gracias al error, nos subimos a un tren que se vació, porque llegó otro que atrajo a mucha gente y arranco primero, de modo que alcanzamos asiento en el peor vagón del metro, lleno de gente y con un calor que provocaba la sudoración en todos los pasajeros así como una fea condensación de la humedad. El tren se tambaleaba mucho, pero la gente parecía inmune al bamboleo. Tito nuevamente cedió el asiento a una señora y el azar, otra vez, se lo devolvió. Avanzamos con regularidad, el metro nunca se estancó en las estaciones. Esta línea merece un 6 porque es más que evidente que le urge mantenimiento a las vías y una limpieza de verdad.
En Zapata un traslado larguísimo y fastidioso, pero me distrajo una exposición de caricaturistas mexicanos y otra de Creedence Clearwater Revival. La linea 12 tiene el mejor tren de todos. Limpio y luminoso, mejor diseñado, amigable. De Zapata hasta Ermita de pie pero con aire acondicionado. Un 8 merece esa línea que funcionó bien aunque las estaciones son feas o en exceso minimalistas. Quizá merece el 9, pero a esta línea no puedo perdonarle la muerte de varios mexicanos.
Luego un transbordo larguísimo y árido hasta la línea 2, otra vez los trenes viejos pero con piso de linóleo blanco decorado con ajolote. Asiento otra vez por fortuna y seguir hasta Taxqueña. 7 a este trayecto de la linea 2.
Al salir del metro Tasqueña fuimos hacia la estación del tren ligero, pero había tanta gente esperando que preferimos caminar a Miramontes para volver en otro RTP. Eran casi las tres de la tarde y la gente iba de pésimo humor. Yo hubiera preferido volver caminando pero Tito quiso tomar el transporte. El peor traslado de todos a pesar del corto trayecto. Entre la cantidad de gente que subió, el mal humor de todos, la agresividad de algunos pasajeros y los semáforos mal coordinados, una pesadilla breve pero contundente.
Cabe señalar que el mes pasado visitamos la Basílica pero hicimos el recorrido en bicicleta. Obviamente la ida y vuelta pedaleando desde la colonia Avante es agotadora, pero la prefiero tres veces al salvaje sacrificio del viaje por vía panorámica en transporte público.
Abraham Echauri
viernes, 29 de mayo de 2026
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jueves, 21 de mayo de 2026
miércoles, 20 de mayo de 2026
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viernes, 15 de mayo de 2026
jueves, 14 de mayo de 2026
No vale la pena ir al Azteca a los partidos del mundial
Sé que para los fanáticos, tirar su dinero en un boleto cualquiera no está a discusión, para ellos no es este texto. Es para ti que sientes un cosquilleo curioso por asistir a un partido del mundial por la sencilla razón de que nunca has asistido a uno. Te lo digo ya: no vale ni tu tiempo, mucho menos tu dinero.
El sábado 31 de mayo de 1986 a mediodía mi padre me llevó al Estadio Azteca con motivo de la inauguración del Mundial México 86. Tengo pésima memoria y no recuerdo ni el día ni la hora, ni que jugaron Italia y Bulgaria. Son datos que busqué en Internet. Sólo recuerdo la rechifla que se llevó Miguel de la Madrid y que a pesar de estar en platea a la mitad del campo, poco pude ver del partido. Quizá mis 14 años o mi miopía no me permitían apreciar la importancia del evento, quizá el futbol, aunque me gusta, no captura mi atención por 90 minutos. Quizá simplemente no jugaban los Pumas. Porque sí recuerdo recorrer a pie el trayecto, de 9 kilómetros desde el estadio Olímpico Universitario hasta mi casa, gritando goyas acompañado de mi padre y mi hermana después del gol del Tuca Ferretti, el 22 de junio de 1991. También recuerdo la final contra Chivas en el mismo Estadio Olímpico el 13 de junio de 2004 en que Pumas fue campeón. Obvio, tampoco recuerdo estas fechas, pero las busqué. Además ese no es el punto. Mucha gente está buscando boletos para los insignificantes partidos del Mundial que se jugarán en México en 2026 y a ellos me dirijo para aconsejarles que no los compren, salvo que la compra sea para negocio. Es decir, lo que quiero hacerles pensar es que no vale la pena la inversión en un partido de esos. Me explico. Ni siquiera me voy a meter con los precios en los estadios o el trámite que implicará entrar y salir. Simplemente quiero hacerles pensar en la experiencia que vivirán si pueden pagar y conseguir el boleto. Yo estuve en la citada inauguración y en el partido entre Argentina e Inglaterra el domingo 22 de junio de 1986 y lo digo con certeza, ir al estadio no valió la pena. Los goles de Maradona tuve que verlos y disfrutarlos por televisión. Los de Italia y Bulgaria (1-1) ni los recuerdo.
La gente no sabe comportarse en un estadio, pasan vendedores todo el tiempo, la gente se levanta de su asiento para ir al baño, para estirarse, para sacudirse el aburrimiento, para comprar botanas, porque el de adelante se levantó y no le permite ver, por emoción injustificada, para mentarle la madre al árbitro, por joder, para pelear, etc. Ir al estadio Azteca es impresionante por el tamaño del estadio y por el rugido de la gente, pero no hace falta pagar por un partido del mundial.
Por ejemplo, mi amigo Rafael, hincha del Cruz Azul, me llevó a la final contra Necaxa el domingo 4 de junio de 1995. Ni siquiera pudimos llegar a los asuntos que él había comprado y nos quedamos donde pudimos. El rugido de la gente y la vibración del estadio bajo mis pies era tan intensa que sentí miedo y para colmo perdió Cruz Azul. Yo tuve pesadillas ese día porque el estadio es gigantesco y cualquier imprevisto puede provocar que el público corra y aplaste a los más pequeños, débiles o poco atentos. Además cuando estás tan alto, las palomas se ven mucho más grandes que los jugadores y los jugadores son más pequeños que las hormigas. El futbol parece una gráfica y se aprecia distinto, incluso mejor, pero la tensión de estar a merced de la multitud no lo hace disfrutable.
De todas la veces que he asistido al Estadio Azteca, siempre por invitación porque me rehuso a pagar un boleto, las únicas en que tuve gratas experiencias fueron en palco. Me refiero al palco de la extinta Banca Serfin al que tenía acceso por un capricho del destino. Eduardo nos invitaba y yo acudía al palco para beber y botanear, con las cortinas cerradas, escuchando el partido por televisión, mientras jugábamos dominó, cartas o simplemente platicábamos. Los partidos del Necaxa nos servían de pretexto para ir allí y pasar un buen rato sin ver el partido. No recuerdo un sólo marcador. Sólo un día, vencido por la curiosidad, me atreví a abrir la puerta y estar dos minutos de pie en las escaleras observando el estadio casi vacío, hasta que Eduardo me gritó que me metiera porque nadie debía vernos.
Alguna vez mi cuñada y su novio nos hicieron asistir a un partido amistoso de la selección nacional y pocas cosas recuerdo más decepcionantes que esa experiencia. Estacionar el coche en casa de un vecino del Estadio y perder mucho tiempo en entrar y salir, creo que además ese día llovió y México hizo el ridículo contra un equipo chiquitito pero no lo puedo asegurar porque no recuerdo al rival.
En fin, lo único que intento al exhibir mis experiencias es hacerles pensar que sus expectativas de momentos memorables y gratos que inundarán de felicidad su alma son absolutamente infundadas. Además la FIFA es tan grosera que el boleto más barato es inaccesible para el mexicano promedio. Pero bajo advertencia no hay engaño, esos partidos no valdrán ni el diez por ciento del precio pagado. Si no tienes palco y vas a sacrificarte viéndolos, será mejor hacerlo desde la comodidad de tu sillón favorito.
miércoles, 13 de mayo de 2026
martes, 12 de mayo de 2026
Programa 331 (Biografías musicales) de CINE MOLE






